viernes, 3 de octubre de 2008

Relatos breves


Roberto Mario Petroff


Muertas las ideologías, el mundo quedó en manos
de gente práctica que anula los cerebros
bajo montañas de nada...

Jorge Valdano


PROLOGO

Presentar a Roberto Mario Petroff, en su cuentario Montañas de Nada (contrasentido), es transitar un lenguaje que va cobrando diferentes matices a medida que deshoja las narraciones. Conmueve el personaje de Sueños Inconclusos, cuento escrito en primera persona donde claramente habla sobre los sueños, caminar el Sur y sus Paisajes para pensar desde la soledad a su madrea ~el haber nacido-, la niñez, el fútbol, la abuela, la parroquia, la felicidad. Pero de pronto hubo un Cambio abrupto, demasiado fuerte, impensado para un hombre de 18 años ~ todo cambió-dice "cuando me descubrí con un fusil en la mano defendiendo mi vida” La dramaticidad y violencia de la frase nos entronca aunque Petroff no lo diga, con el dolor Argentino: Malvinas...

Sobrevienen luego, los relatos La Línea (yo soy - tu eras) y ­Romance Oscuro (desde adentro), en la misma tonalidad ¿Ficción, realidad o simplemente un recurso literario? Posiblemente esta ­trilogía mencionada pueda conformar la base de una novela cuyo hilo conductor sería la Palabra Frontera. No olvidemos el decálogo de Horacio Quiroga: "Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea."

No me es posible detenerme en cada trabajo porque todos los fuegos se nos vuelven ceniza, por lo tanto, esta obra procede de un hombre y también de la sociedad, sólo trato de ensayar una ­aproximación del volumen redactado, pleno de interés, donde en­contrar, porque son posibles, los hallazgos y superar así la Nada.

Roberto Mario Petroff, hoy y desde hace tiempo camina por las calles del Sur, un lugar inhóspito, en un comienzo para él pero bien puede que, entre nosotros haya encontrado el amor ...

Febrero 8 de 2008
Carlos Sacamata
El Calafate- Santa Cruz





Sueños inconclusos
(de la valoración del tiempo)


A veces me pregunto qué diablos hago en este lugar al sur de todas las latitudes y no encuentro respuestas. Lo cierto es que estoy aquí y este es mi lugar en el mundo, aunque por momentos siento la necesidad de fugarme a otros paisajes.

Sin embargo esta imagen de estepa helada e infinita es la que me convoca y llena mis nostalgias cuando estoy en otras tierras u otros cielos. Desde que llegué a este suelo pedregoso y hostil, con su viento sempiterno y sus cielos encendidos de atardeceres de ensueño, busco algo que aún no descubro.

No le temo a las soledades, porque la soledad es parte de mí y en ella me refugio, me protejo de la maldad del mundo que busca hacerme presa y desgajarme. La inmensidad de estas pampas es la metáfora superlativa de mi propia alma. Tal vez sea por eso que en este lugar de extensiones infinitas me siento como en casa, como en mí mismo, como en el vientre de mi madre pretérita y memoria.

Confieso que he nacido. Cometí tamaña osadía hace algo más de cuarenta años en las habitaciones de servicio de una casa señorial en algún punto del planeta. Ya entonces, ínfimo y lagrimoso, comenzó mi vida errante que -ruego al Dios en el que no creo- nunca se acabe. En aquellos tiempos remotos -la prehistoria de mi existencia- creo haber sido feliz, cuando la felicidad era alguna caricia de madre y una pelota de fútbol, mis sueños colgados de la soga en el patio soleado y la abuela aventando a las gallinas. Sí, en aquellos tiempos era feliz.

Era la primavera y yo quería estar enamorado. Iba cada domingo a la parroquia del barrio vestido para deslumbrar y cantaba en el coro durante la misa de once tratando de no ver el terror que poblaba las calles de ausencias. Creo que perdí la inocencia el día que me descubrí fusil en mano defendiendo mi vida, cuando me di cuenta que la patria se terminaba en la bandera y el escudo del manual escolar y el Himno Nacional era letra muerta y no hay gloria en la muerte. Allí comprendí que para vivir había que matar y no me gustó.

Luego llegó el amor... ¿el amor?... sí, creo que fue amor y se me llenaron los días de risas y pañales, de ansiedades y biberones, de trabajo y trabajo y domingos en familia y tuve esposa, hijos, auto, casa y perro y después ... después no sé que pasó ... el ruido de los sueños al romperse me despertó de una alucinación a la que no recuerdo haber entrado y la realidad se precipitó sobre mí con tanta rudeza que apenas pude salvar alguna que otra ilusión con las que logré sobrevivir un poco más.

Con este equipaje llegué a estas tierras dominadas por la Cruz del Sur omnipresente y surcada por las proas afiladas de mesetas perpetuas y recorrí sus caminos pedregosos y navegué sus mares infinitos arrancándoles la plata de sus vientres y desafiando sus temporales impiadosos.

Y aquí estoy inaugurando amores y escribiendo cuartillas sin principio ni final, quijoteando un sueño perdido que hallé vencido en un cañadón barrido por el viento, al pie de un calafate en flor.




La línea
(Relato en escala de grises)

Lo hizo. Se atrevió a cruzar la línea, sin embargo, en ese simple y supremo acto de heroísmo, culminó su osadía, no tuvo valor para seguir. La trémula inmovilidad de la duda duró un latido antes de que su natural cobardía le impulsara al retroceso fatal que habría de arrebatarle la redención.

Sintió compasión de sí mismo, por su suerte, por esa cobardía que llevaba enquistada desde siempre en su espíritu como una mala hierba.

La línea siempre estuvo allí, a un paso. La había entrevisto en cada uno de los hitos que jalonaban su insignificante historia: en la tierra de nadie de las fronteras, en la ribera de los muelles que había hollado, en la borda de los barcos en los que cabalgó los mares, en las lóbregas habitaciones de hoteles miserables, tan miserables como éste, en el que la Línea se le presentaba una vez más, no obstante, jamás tuvo el valor de cruzarla. Siempre estuvo allí, tentadora, insinuante, voluptuosa. Pero su temor siempre pudo más, hasta esa noche.

Con la derrota pesando en la espalda se quedó mirando –con pretendida distracción- la luna del espejo donde, la desnuda bujía de la habitación se reflejaba rodeada de un halo polvoriento y borroso. Paseó la vista por los biseles del grueso cristal, inventó figuras conocidas con las manchas de humedad y tiempo grabadas profundamente en el azogue, observó las tallas grisadas de polvo, las desparejas molduras, estudió a conciencia las grietas, las rajaduras, los diminutos orificios de la polilla y se detuvo al fin en la exquisita filigrana del bocallave, imaginando los movimientos medidos de las manos del ignoto artífice que lo cincelara.

Sus pensamientos se resistían con tenacidad a incorporar en la razón la idea de que, el estudio sistemático del desvencijado mueble, no era más que la excusa que lo eximía de la tarea de contemplar su lastimosa imagen reflejada en el espejo.

El elástico crujió bajo el peso de su cuerpo. Colgó sus pensamientos del cielo raso entre un colgajo de pintura descascarada y una olvidada tela de araña. Tal vez debía esperar una señal o quedarse allí tendido hasta que lo sorprendiera la muerte. Las cortinas de la ventana se preñaron de brisa y se abrieron al paso de los sonidos de una ciudad sumida en el letargo nocturno. Más allá de esa frontera, lentos pasos se perdieron calle abajo.


El monótono taconeo de la muchacha medía la distancia entre la avenida y el callejón con cadencia cronométrica, dejando tras de sí el territorio marcado con la estridencia del perfume barato que le abrigaba la piel aterida. La mujer se detuvo un instante para encender un cigarrillo y un pesado dosel de densos nubarrones ocultaron la luna presagiando tormenta. Algunas gotas peregrinas tachonaron la vereda. No habría clientes esa noche de mierda, pero tornó tercamente a su ronda. Un acceso de tos la detuvo –el cigarrillo la estaba matando- una tenue llovizna se abatió sobre la ciudad dormida y le hizo buscar refugio en un portal. Maldijo su puta suerte de puta. Miró el cigarrillo apagado que pendía inerte de sus dedos temblorosos y lo arrojó lejos. La brisa helada se le coló impúdicamente por el escote y debajo de la falda casi inexistente, mordiendo sin piedad la carne y haciéndole estremecer con un escalofrío. El paquete de cigarrillos estaba vacío, una vez más maldijo su suerte. La tenue llovizna se convirtió en lluvia furiosa y la brisa en viento prepotente. Definitivamente no habría clientes en esa noche de mierda. Por tercera vez maldijo su puta suerte.


El viento irrumpió en la habitación. Se incorporó con desgano para cerrar las ventanas que agitaban sus hojas como un ave cautiva. Se asomó un instante a la noche y desde el vano vio su sombra recortada en el rectángulo de luz que se extendía hasta la vereda de enfrente. Vio a la muchacha refugiada en el portal abrazando su cuerpo en un estéril intento de abrigo y un relámpago de certidumbre iluminó su mente ¡claro... era eso!, ¡allí estaba la señal!, ¿cómo no lo había visto antes?, ¡la liberación allende-la-línea no era sólo para él!, aquella mujer –como tantos otros derrotados que había cruzado en su camino- también merecía la redención que aguardaba tras la luna del espejo. Sin pensarlo, la llamó.

La lluvia había arrasado con el maquillaje. La lejana belleza de la muchacha atisbaba oculta detrás de una trágica máscara de dolor, fracaso y hastío. Él la desnudó y ella lo dejó hacer. Él tomó una toalla y secó su rostro, sus hombros, su pecho, sus piernas y al fin la tomó de la mano y la condujo frente al gran espejo. Se miraron en el cristal que les devolvió la imagen de dos seres marcados a fuego por la postergación y el fracaso. Entonces ella vio la Línea y comprendió. Ya no tenía nada que perder.

No fue un paso, fue un salto desesperado. Juntos se atrevieron a cruzar la Línea más allá de la luna del espejo... y no volvieron.




Ocaso

El cristal del crepúsculo se quebró con el chasquido ominoso del arma de fuego, que sonó en la brisa como una rama seca vencida por el pie de un caminante distraído.

Su vida cobró alas de ave, dejando tras de sí, allá en la tierra, los despojos de aquél que no pudo soportar ser olvido.





Romance oscuro


Sé que estás allí, más allá de la frontera indefinida de mis convicciones. Detrás del ángulo incierto de cada decisión que asumo y que me lleva inexorablemente a tu encuentro, te sospecho expectante cada vez que se abren los portales del entendimiento, fluye desde el exterior de mi existencia el llamado de tu voz silente y tu oscura presencia se abisma en mi interior, siniestra, amenazante.

El paisaje oscuro de mi memoria se trasluce desde mis ojos a la inmensidad agónica que se interna en la soledad de las almas abandonada. Los pensamientos fluyen con la lentitud de las aguas escarchadas que se hielan al contacto de la verdad suprema.

Pero sigo esperando desnudo de pasiones, tu presencia. La melodía caótica de músicos dementes se expande en la quietud de la tarde. Desde las volutas caprichosas de mi cigarrillo negro surge el ángel sombrío que te anuncia y con voz de ultratumba me dice “penitentiagite!...”, pero su advertencia sólo me produce una amarga sonrisa. Estás presente en cada uno de los minutos que recorren mis insomnios, las imágenes se diluyen en los pasillos de Oniro y a través de ellos llego a tu lado, pero estás dormida. Voluptuosa en tu sueño te desnudas y me incitas a la cópula ardiente y salvaje que me llevará definitivamente a tu territorio de sombras. Insinuante te arrebujas en tu descarada desnudez y luego te yergues en amenaza fulminante y quieres abrazarme. Siento tu aliento gélido y mi sangre se hiela como el lago invernal que me corroe la mirada, pero huyo, no he de darte el gusto de llevarme a las costas del barquero, no me he ganado aún el óbolo, no es mi intención aún cruzar a la isla.

Despojada de mí te quedas atrás, nostalgiosa de mi presencia, recorres mis libros y hurgas en mis escritos pretendiendo encontrar la clave que te permita seducirme por fin. Te veo mordiéndote los labios de rabia al no poder obtenerme y te sumes en una danza macabra mezcla de amor y odio.

No soy como el resto de los mortales. No te temo. Te llevaré a mi lecho sólo cuando yo lo decida.



Desencanto

Llegamos a la fiesta disfrazados de nosotros mismos: uno de Quijote, otro de Arlequín, yo de Doliente y ella de Musa. Éramos el cuarteto inesperado en una bacanal de rostros abotargados de una alegría que no compartíamos. Al sonar las doce, la última campanada nos descubrió sentados en corro en la glorieta del jardín desolado de otoño. Ella gastaba lágrimas y yo partí sin dolor y sin alma.



Disquisiciones desquiciadas

El grito seguido de un lamento casi conmovedor me arrancó del desentrañamiento del fenómeno torricelliano que permite el funcionamiento de la mecánica matera. Con desesperación descubrí que, mi natural descuido, me hizo cometer el error fatal de dejar la puerta de mi privado microcosmos abierta a las miradas paganas de los profanos, dejando así expuestas impúdicamente las más profundas de mis intimidades.

Al llegar al pasillo, pude comprender en toda su perversa dimensión lo irremediable de mi descuido. Allí, en el portal de acceso a mi pequeño universo, me encontré de narices a boca con el rostro demudado de la dueña de la casa, cuyas expresiones faciales en repugnantes y alternativas metamorfosis, transitaban desde la profunda consternación, hasta la más violenta de las iras. El motivo -Claro está- era la pared cubierta (según ella), de todos esos "mamarrachos", (calificativo impropio para mis profundos estudios mecánicos, físicos y matemáticos que -por supuesto- me ofendió).

Por más que lo intenté, no pude rendir una explicación cabal de mis acciones. Fui interrumpido constantemente por una letanía en la que se entremezclaban lamentos, quejas, amenazas, insultos varios, todo profusamente regado por cuantiosas lágrimas y contrapunteado por sonoras sorbidas de humores nasales. La perorata duró lo suficiente como para que el agua llegara al punto óptimo de ebullición y la tapa de su metálico continente comenzara a bailotear y en su chinchineo adoptó una extraña cadencia rítmica. Tal vez contagiada por la sonora base metálica, el sermón de mi casera fue adaptándose a aquél ritmo pegadizo, resolviéndose así en una caótica composición cuasi musical que se parecía a un doliente rap con fondo de escola do samba.

Durante las últimas cinco largas y extenuantes horas, en la intimidad de mi habitación alquilada en esa prolija y burguesa casa de familia, había procurado concentrar mi atención en el diseño de una prensa para desperdicios reciclados que me encargó Luis, un bioquímico devenido en experto reciclólogo y licenciado honoris causa en chacras, pollos y verduras varias.

Para lograr mi cometido contaba con dos antiguos criques mecánicos que alguna vez, en la prehistoria de este pueblo, sirvieron para izar calderas de locomotoras. Inventé un dispositivo accionado por un motor eléctrico, pero lo deseché de inmediato por ser demasiado práctico y busqué poner a prueba mis neuronas sufrientes de resacas y mis escasos conocimientos, (yo diría flagrantemente nulos), de mecánica aplicada.

Dibujé uno tras otro diagramas casi surrealistas que descarté tan pronto fueron concebidos. Así continué por horas enteras hasta que, en medio de un campo sembrado de bollos de papel, descubrí con horror que había agotado todas las existencias de ese vital elemento.

Tal como suele suceder en casi todos los órdenes de la vida, descubrimos la carencia de algo en preciso momento en el que ese elemento se nos toma indispensable para la supervivencia. He conocido a quien -por ejemplo- le ha ocurrido que, en el preciso momento en el que estampaba su firma en el acta matrimonial ante el severo Juez de Paz, cerrando así el grillete de la libertad y arrojando la llave al pozo oscuro y profundo del tedio, la rutina, los sueños perdidos y al fin del desengaño, descubrió que, quien hubiera podido salvar definitivamente su existencia no era la mujer que enjugaba a su lado breves lágrimas con un pañuelito de lino bordado, sino la secretaria del Juez, quien en ese momento de lucidez consternada pronunciaba las fatídicas palabras: " ... por el poder que me confiere la ley, los declaro marido y mujer".

Conozco el caso también de otro ser desdichado quien, en el preciso instante en el que salía de las oficinas de una importante firma comercial en la cual, luego de compulsar con más de veinte postulantes, obtuvo aquél puesto gerencial que habría de dar por tierra con toda vicisitud económica y laboral futuras, descubre en el escaparate de la agencia de lotería vecina, que ha salido favorecido con el premio mayor el número con el que había soñado la noche anterior, habiendo declinado su compra en la juiciosa opción de bien usar ese dinero en el pasaje de colectivo que lo llevara hasta aquella fatídica oficina de la prestigiosa oficina comercial.

Sin embargo, hay infortunios que pueden ser enfrentados con decisión y osadía, por esa razón no me arredré ante la ausencia del vital papel blanco donde plasmar mis quiméricas ideas mecánicas y, armado con un lápiz de carpintero que me infundía de invencible valor, arremetí decidido, bizarro y beligerante contra la verditud acuosa de la pared de la habitación.

Progresivamente, la pared convertida en pizarra, se fue cubriendo de un caos de diagramas y fórmulas que hubieran ultimado de risa al más enjundioso de los doctores en física y matemáticas. La febril tarea me obligó a mover los escasos muebles que descansaban perezosamente sobre la superficie de mis ideas. A falta de espacio físico y no con poco esfuerzo, los fui acomodando sobre la cama, la que, paulatinamente se fue poblando de desacostumbrados durmientes. Cuando creí que mi febril tarea había llegado a un exitoso término, me senté en el escaso espacio que restaba del superpoblado lecho y contemplé mi obra. Repasé uno a uno los diagramas, revisé las fórmulas y las desquiciadas ecuaciones y cotejé los inútiles cálculos de resultados infinitesimales. Convencido de que toda esa parafernalia gráfica y matemática no servía absolutamente para nada, se abrió en mi pecho la inmensa satisfacción por la tarea cumplida. Con mis neuronas al borde del agotamiento por el esfuerzo realizado y con los dedos entumido s por sostener el lápiz de carpintero que, conforme al avance de mi tarea fue disminuyendo ostensiblemente en su longitud con la inestimable colaboración de mi navaja náutica y quedó reducido a una miserable colilla, lo cual me produjo un esfuerzo mayúsculo de mis dedos para sostener el decreciente madero revelador, decidí brindar por la victoria del intelecto sobre la mecánica con la más autóctona de las bebidas. Así fue que, minutos después, me hallaba esperando pacientemente la irrupción espacial del silbido característico que anunciara que el agua había llegado a la temperatura convencionalmente ideal para saborear unos espumosos mates criollos. Fue entonces cuando el grito demudado de la casera me arrancó de mis disquisiciones desquiciadas.

Cuando ya me creía definitivamente perdido y con mi bolsito en la puerta de calle, la providencial aparición del maridovio de mi indignada casera, aflojó la tensión. Compinche al fin de copas en bares dudosos, me hizo un guiño tranquilizador y con consoladoras palabras de enmiendas y pintura nueva para la pared, convenció a la entristecida dama y la llevó al comedor aún hipando de sollozos. Turbado por la profanación de mi intimidad y por la interrupción del rito matero por exceso calórico en el líquido elemento indispensable para unos cimarrones que se precien de tales, me acurruqué en el espacio que quedaba en mi lecho y me dispuse a tomar una merecida siesta reparadora de tantas emociones. Repasé una vez más con la vista los diagramas y las ecuaciones delirantes que campeaban en la verticalidad fronteriza y finalmente cerré los ojos sumiéndome en el más dulce de los sueños con el convencimiento de que la tarea estaba cumplida.




Historia subalterna

En el tablero de la estepa se mueven los peones. Uno persigue el churrasco, el otro lo persigue a él. Antes que el pedernal jaqueó el acero, para que se cumpla la ley civilizadora de a patacón por oreja.



La bestia
(Relato en rojo profundo)

El viejo pesquero, que se mecía adormilado en la ribera soltó amarras y la quilla mordió ansiosamente las tranquilas aguas de la ría, arrumbando la proa al sol. Se sentó tranquilamente en la popa con un cigarrillo negro entre los dientes y lentamente comenzó a arranchar los aparejos. Las sirenas policiales horadaron el amanecer. Los recuerdos de la noche anterior se esfumaron con la brisa.

El furibundo portazo estremeció los cristales de toda la pensión. Los pasos vacilantes se dejaron oír a través de la puerta remontando penosamente el pasillo. Como cada noche, se oyó la voz gutural profiriendo algún insulto ininteligible e inevitablemente, le siguió el sonido de la bofetada y el llanto del niño.

Se habían cruzado alguna vez en el pasillo -el tipo vivía en la pieza de al lado- siempre andaba vestido con un mugroso uniforme de cabo de policía que parecía llevarlo pintado sobre la piel. Jamás cruzaron siquiera una mirada. En el rostro cárdeno, bajo una narizota tumefacta y prominente, llevaba dibujada una eterna mueca de desprecio, hosquedad y sorda rabia. Vivía con una muchacha de una veintena de años, madre del pequeño que no sumaría más de un lustro. El mal nacido la hacía trabajar en el burdel que funcionaba en el frente de la pensión y toda vez que llegaba y no la encontraba en el salón, los cachetazos sonaban por todo el pasillo.

Decidió apurar unos tragos para acortar la última noche en tierra. Dejó el bolsón listo sobre una silla, comprobó que el cuchillo que siempre llevaba en la cintura cerca de la base de la espalda saliera con facilidad, (uno nunca sabe), y salió de la pieza.

La vio venir por el pasillo. Al pasar junto a él cruzaron una mirada furtiva. Pudo notar la mejilla izquierda un tanto enrojecida. Ella, avergonzada, clavó los ojos en las baldosas y con un "hola" apenas murmurado, desapareció tras la puerta que conducía al salón.

Se acodó en el mostrador y pidió vodka. A su lado, la muchacha perdía su mirada en el infinito y luchaba por contener el llanto estrujando sus manos temblorosas. Casi todas las chicas estaban ocupadas atendiendo a los clientes del concurrido local. En la fonola atronaban los Pibes Chorros a un volumen demasiado alto para su gusto. Algunas parejas bailaban el ritmo seudo tropical envueltos en una masa gris de tabaco barato.

En algunas ocasiones le había pagado algunas copas -más por piedad que por cualquier otra razón- y ella, tal como lo manda el oficio, intentaba brindarle sus encantos, sin embargo, la constante presencia del tipo -siempre con alguna otra mujer- le hacía declinar las obligadas caricias y así evitar males mayores. La Bestia apareció en el local. La muchacha despertó de su ensueño y la tristeza de su mirada se trocó en terror: ¡Él había llegado y ella no estaba trabajando! ... motivo suficiente para una paliza. Miró en derredor con desesperación.

Una vez más debía ser su salvador, hizo un gesto y el patrón escanció la copa. Por primera vez cruzó la mirada con la Bestia, le vio destilar bronca: él le había escamoteado la posibilidad de humillarla en público como solía hacer con insano placer. Le mantuvo la mirada preñada de desafío hasta que el bruto la bajó y se encaminó a una mesa arrastrando consigo a una muchacha que halló en el camino.

Las cartas estaban echadas y decidió aceptar la apuesta. Tomó a la muchacha por el talle, la atrajo lentamente y la besó. Ella se sorprendió por esa actitud desusada por su salvador, pero se entregó dócilmente a las caricias que correspondían por derecho de copa. Pagó varios tragos más y continuaron la acción. El patrón parecía no estar muy conforme con esa actitud y lo manifestaba chasqueando la lengua y meneando la cabeza de tanto en tanto. Por el rabillo del ojo mantenía a la Bestia vigilada, podía entrever la mirada inyectada del tipo que lo observaba con odio mientras bebía copiosamente y manoseaba a su ocasional compañera.

De pronto la muchacha redobló la apuesta. Le rodeó el cuello con los brazos y lo besó por una eternidad con un beso cálido, húmedo, profundo de lenguas inquietas. Al separarse los labios, la mirada de aquella mujer rutilaba con brillos que no eran por efectos del alcohol. El tipo se movió inquieto y amenazó con ponerse de pie. Su compañera ocasional, venciendo el asco, lo retuvo metiéndole la lengua en la boca y la mano en la entrepierna, por un momento logró mantenerlo a raya. Los cuerpos se separaron unos centímetros, el tipo miraba otra vez. En el espejo detrás de la barra los globos sanguinolentos ardían como brasas. Pidió una botella de vodka, giró la mirada hasta c1avarla en los ojos turbios y arrastrando tras de sí a la muchacha, se encaminó a la puerta. El hilo se estiró hasta su punto máximo.

Cerró la puerta de la pieza, la trabó por dentro y apagó la luz. A través de los visillos se colaba mezquina luminosidad del pasillo. La muchacha se desnudó y se tendió en la cama, él abrió la botella y bebió una generosa dosis del líquido cristalino. Le ofreció la botella a la mujer mientras se sentaba a su lado, la joven negó con la cabeza y comenzó a acariciarle la espalda. Se puso de pie, no quería revolcarse con ella y se lo hizo saber. Resignada, se sentó en la cama cruzando las piernas en loto, la fragancia de su sexo inundó el exiguo espacio, estaba excitada. Estiró un brazo pidiendo la botella y luego de un par de tragos, encendió un cigarrillo.

Fumaban en silencio cuando la silueta se recortó tras el visillo. Se acercó a la puerta tanteando el cuchillo y ella comenzó a fingir un orgasmo furioso. La sombra se movió insegura, en un instante de silencio se oyó el leve chasquido del arma reglamentaria al amartillarse -¿el arma estaría en su mano?-. Destrabó la puerta sigilosamente escudado en los gemidos de la muchacha y abrió de golpe.

El tipo dio un paso atrás, tal vez por la sorpresa o por los efectos del alcohol, daba igual. El arma permanecía en su funda. La muchacha, aún desnuda, huyó hacia el local con sus ropas en la mano. Él se movió un poco a la izquierda calculando mentalmente la distancia para quedar en posición óptima. El bruto lo miraba a través del velo del alcohol y la rabia, la camisa policial rezumaba transpiración en el pecho y los sobacos y un tufo acre inundó el ambiente.

El patrón apareció en el vano como dispuesto a intervenir pero se mantuvo a prudente distancia. Él sintió el ligero temblor que produce la adrenalina al irrumpir en el torrente sanguíneo y sus sienes latían furiosamente. El rostro embrutecido esbozó una mueca que quiso ser una sonrisa, los sentidos se pusieron en guardia enviando una urgente señal de alarma al cerebro. Con un leve movimiento -casi imperceptible- aflojó las rodillas y los brazos. Hubo un breve brillo en las miradas y se inició la danza macabra.

El tipo cometió el clásico error de los bravucones armados: desenfundó y apuntó al centro de la frente. Él flexionó la rodilla derecha saliendo de la línea de tiro y en un movimiento simultáneo golpeó el arma con el antebrazo, la mano derecha voló a la base de la espalda. El disparo retumbó en toda la pensión al mismo tiempo que la hoja reluciente se hundía hasta la cruz en el pecho transpirado unos milímetros más abajo del esternón y con dirección ligeramente ascendente.

Se desplomó lentamente como un edificio minado en sus cimientos y cayó de rodillas con el corazón partido en dos. El arma reglamentaria produjo ecos metálicos contra las baldosas y su cuerpo osciló un instante para luego derrumbarse inexorablemente. Alzó la mirada una vez más con la confusión pintada en un rostro crispado en el que se fue congelando aquella mueca.

El viejo pesquero dejó atrás la ría y la ciudad que comenzaba a despertar. Allá, en la ribera, una muchacha acunando a un niño, miraba el barco perderse en la lejanía hasta que fue una borrosa mancha rojiblanca confundida en el horizonte.




Sueño de una noche de verano

El mar besa la playa pedregosa y la luna pinta destellos de plata. Tu mano en la mía. Gastamos los pasos hasta la roca enhiesta del cabo afilado, puesto de guardia de un faro aburrido de mirar al cielo con su único ojo de vigía nocturno. De pronto fue el beso y tu pecho agitado me dio la certeza de que, aquella noche con claro de luna, con playa mojada y canción marina, el supremo instante de sentirte mía, apuraba el paso. Las manos inquietas recorriendo ansiosas los cuerpos desnudos, los ojos cerrados, bocas anhelantes y el fuego que abrasa subiendo desde el vientre y cuando estoy a punto de rasgar el velo que guarda el portal del rincón secreto, mis ojos despiertan y con desconsuelo, compruebo que aquello que creí tu cuerpo desnudo, anhelante, no es más que la almohada que guarda mis sueños.


Sapo
(relato en negro)

El plan era perfecto, pero algo salió mal. El viejo Falcon salió arando en segunda y en su interior, los cuatro ocupantes con el ánimo sombrío, se desayunaban de que los habían batido.

Para ellos el buchón tenía un nombre: Salado. No podía ser otro, nadie más que ellos cinco sabían del hecho, pero el muy hijo de puta no apareció. Lo esperaron en el bar del Sordo hasta el último minuto, pero nunca llegó y cuando fueron a apretar al punto, pintó la yuta.

Cirro es buen piloto y con un par de birras encima, mejor. Hizo dos cuadras por la calle casi desierta, rebaje, volantazo y se metió en un pasaje de contramano, había gente y unos pibes jugando a la pelota. Cuidadoso, seguro, medido, pasó limpio y salió a la avenida. Apenas habían recorrido un par de cuadras cuando se les pegó una lancha en la cola, Cirro no le aflojó. El Loro peló el fierro -una nueve con el cuño de la Federal- y cargó. El chasquido metálico fue como una orden, Chavo y Carlo lo imitaron. Semáforo, rebaje, frenada leve (sin bloqueo para que no colee) y pasó limpito entre la cola de un bondi y la trompa de un Peugeot.

Cuando salieron a la autopista escucharon los primeros cuetazos, ya eran tres los móviles que los seguían además del no identificable de la brigada. Las sirenas los ayudaban, los otros autos se abrían hacia los lados dejando un corredor que Cirro aprovechaba al máximo, fierro a las chapas. Cuando cruzaron el puente ya llevaban casi quinientos metros de ventaja, pasaron la casilla del peaje en el aire, el cajero ni se enteró. Un poco más y zafaban, faltaba poco.

El reventón sacudió al vehículo, pero Cirro no perdió el control. La llanta iba dejando el chisperío con el Falcon lanzado a ciento diez y desacelerando rápidamente, -prepárense... - gritó Cirro y todos se encomendaron al Gauchito.

El auto se detuvo casi en seco, los cuatro salieron escupiendo bala. El ataque tomó de sorpresa a los ratis, pero la respuesta no se hizo esperar. El barrio estaba cerca, se separaron, cada cual sabía qué hacer, por dónde ir, dónde acovacharse. El Chavo corrió atravesando la estación de servicio recordando cómo estallan en las películas en cueteríos como ese, -las balas no silban como en las películas... - pensó. Sólo producían un ruido seco al golpear contra el piso envueltas en una nubecita de chispas. Dejó de pensar y comenzó a rezarle al Gauchito, y correr... correr.

La mujer escuchó los disparos a lo lejos y se inquietó como cada vez que su hijo andaba por la calle y se oían tiros. Casi en un movimiento automático apagó el grabador y una estrofa del Potro Rodrigo quedó trunca. Cerró los ojos por un instante y no quiso pensar.

En un rinconcito del rancho oxidado tenía un altarcito, como el de su mama allá, en el otro ranchito perdido en el impenetrable. Allí, una imagen de la Virgencita de Itatí; aquí, la Difuntita Correa junto al Gauchito Gil y junto a la vela, la sonriente Gilda y una foto del hijo. Se hincó a rezar.

El Chavo sabe que las balas no silban, sabe que hacen un ruido seco al golpear contra el piso. Ahora sabe también que las balas no duelen, es algo así como el ardor de una quemadura, pero muy adentro. Por primera vez en aquel día miró al cielo, estaba muy azul pero se estaba nublando como si fuera a llover. Se sentía incómodo en esa extraña posición, de espaldas en el piso terroso del pasillo estrecho pasillo del barrio y la cabeza apoyada casi en ángulo recto contra el alambrado de don Raúl, pero está demasiado cansado para moverse. Lo que no logra entender es porqué no ve el túnel de luz, ni los ángeles, como en las películas de la tele. Sólo el Gauchito, que viene a recibirlo.



Tango
(relato en oro y ocre)

Desde el principio tuve el absoluto convencimiento de que esta historia nuestra iba a ser como un amor de tango, cuando mi paso cansino me llevó hasta tu mirada cautiva en un pueblo con mar.

Mi nostalgia te recibió con un beso marinero, floreado por labios de todas las latitudes y no me importó que los tuyos fueran análogos a los que me quemaron en otros puertos.
Hoy, que con tu ausencia me siento tan vacío como una vieja palangana oxidada e inservible, conjuro tu memoria y tu imagen se resuelve tímida en la última voluta azul que anuncia la muerte de mi cigarrillo de tabaco negro. (Es fría la noche y mi pluma inspirada).

En esta cuartilla que tiene pretensiones de carta, busco recuerdos de una noche, (tan sólo una noche) en la que el encuentro se vistió de oscuridad sensual y la entrega fue agreste, salvaje, final, definitiva. Tan sólo la vela del santo derramaba su lluvia naranja sobre tu cuerpo desnudo que buscaba con un movimiento de trigal ondulante, la pequeña muerte.
Tu secreta y salobre humedad me transportó a lo alto de las olímpicas cumbres en un vuelo tan deliciosamente extenso, como veloz fue luego el descenso desde las cumbres gemelas hasta el oscuro vértice floreado en el que abrevé hasta saciar mi sed de tus suspiros.

Es hoy un recuerdo dulce tu voz sonora y anhelante, mi lejana mariposa nocturna, tan dulce como helado es mi lecho que añora tu presencia y la memoria me empuja a garrapatear esta página simple pero intensa. No quiero contender con mi razón que dice que no es inteligente conjurar a los fantasmas del pasado, sin embargo, busco que mi verbo sea depurado, casi sacro, para describirte, (aunque pobremente) lo que siento.

Mi corazón rezonga triste, yira y yira en el enloquecido carrusel de sensaciones encontradas y mi mano tímida te busca aferrándose desesperadamente a las sombras que tienden para mí el sutil manto del olvido que cubrirá mi nombre en el cofre de tu memoria.

Mi alma, furiosa, me recrimina la obstinación de recordarte y mi cerebro, terco, torpe, se niega a comprender que ya estás definitivamente lejos, perdida por mi propia desidia, en el espacio y el tiempo.



Sin palabras

Se ocultó la luna detrás de la bruma en la noche tibia de un verano nuevo. Las sombras del puerto nos salen al paso alfombrando piedras que llenan la noche de sonidos lerdos. No entiendo el silencio que anida en tu alma, tus labios se cierran como apretando el verbo que no se pronuncia. Llegamos al punto donde culmina el mundo y se abre el mágico portal del Universo y allí, con sombras de luna escondida y las aguas de la ría cercana lamiendo las piedras que nos condujeron, alzaste la vista, me miraste adentro, brillaron estrellas en tu mirada inmensa y con esa voz que nunca pronunció mi nombre, en el instante eterno que se abrió camino, “porque te amo”, dijiste y agitando con levedad tus alas, me dejaste anclado en esta tierra que con tu ausencia, se volvió infinita


Cuernos

Pasifae supo en la oscuridad que lo que tenía en sus manos era un asta erguida. No pudo saber si era de su amante o de su marido.



El niño

El niño corre bajo el sol detrás de la pelota, perseguido por la sombra tenaz. En su camino se le cruzó una mirada y el sortilegio de unos labios lo detuvo en un suspiro. El corazón bate en su pecho agitado y el rubor le enciende el rostro. La pelota se aburre en el zanjón. El niño ha crecido.

Piloto ciego


Siente en su alma el llamado profundo que guía la proa de su viejo barco. Las olas le dicen: “regresa a tu puerto, marino doliente, no hallarás en los mares lo que tanto ansías”, pero él no escucha razones ni reclamos de las aguas que intentan detenerlo con furiosos temporales y embates bravíos. Firme en la cabilla, el marino sigue el punto cardinal de su destino al sur de todos los mares, aún en el lecho del profundo océano donde reposa la cansada quilla de su barco hundido.



Talibán


Encomendándose a Alá, se ciñó la muerte en el lugar donde ayer tuvo los miedos y estalló de gozo.


Crossroad

La ruta persigue una nube fugitiva. Detrás de ella, peregrina mi soledad procurando un horizonte de utopías. Un destello de sol me revela un cruce de caminos reflejado en una mirada.

Nada queda de aquel encuentro, nada más que la perpendicularidad de los destinos.

2 comentarios:

La Moro dijo...

Vio, Poeta? Era cuestión de querer hacerlo, nomás... Un placer poder (re)leerlo on line; sigo escribiendo pavadas sobre su trabajo, en cualquier momento, cuando me satisfaga un poco (o no me provoque tanto rechazo) lo que escribo, lo posteo para que me critiquen mucho por mis lacerantes comentarios hacia su labor poética. Mientras, sigo disfrutando de estas cosas placenteras que saben hacer sus manos y su cabeza, y quedo a sus pies(es),
La moro que quiere ser su exégeta

deskarte dijo...

genial todo, aunke todavia no lo leo completo,eske el principio me alucino lo de las montañas de nada,
al principio me parecio ke era mucho peso sobre alguien pero despues me dije :pero si es solo nada...
a y esa parte del ocaso, como lo describe como una rama seca pisada por un distraido, tan facil le sera al cielo traer a la noche,
o tan descudaido sera el sol al dejar ke la luna ocupe su lugar...
eeee divago un poco sobre su idea,
luego seguire leyendo, mientras solo le dejo este comentario y mi admiracion...

saludos.hasta pronto.DRDpre
este es el blog donde escribo yo por si le interesa leer algo extraño...
http://tudeskarte.blogspot.com/